La moda como símbolo de protesta | Fashion as a symbol of protest

Una protesta es una declaración política, una forma de expresar una opinión que desafíe el sistema. Abarcan todas las facetas de la sociedad y a veces son la única manera en la que un sector de la población puede hacerse escuchar. La ropa que usamos, por otro lado, carga significados, conscientes o inconscientes, y compone declaraciones en cuanto a quiénes somos y qué queremos representar. Usada e interpretada de forma correcta, ésta tiene el poder de transmitir ideas y empoderar mensajes. La ropa puede hablar tan fuerte como las palabras.

La historia es prueba de cómo organizaciones y activistas siempre han usado la ropa como mecanismo de expresión en movimientos sociopolíticos. Los uniformes distinguen de qué lado está un soldado, así como los elementos, colores y estilos que todos elegimos usar (o no), sirven para mostrar los valores con los que nos alineamos. 

Ejemplos hay muchísimos; desde los Incroyables et Merveilleuses franceses que se vestían para provocar a la primera república francesa, a las primeras sufragistas americanas que vestían de morado y blanco, al uso del símbolo de amor y paz en los 60s, al beret, asociado desde el marxismo hasta como parte del uniforme del Black Panther Party, o momentos icónicos como cuando Katharine Hamnett uso una T-shirt con una declaración en contra de la guerra termonuclear cuando conoció a Margaret Thatcher. 

El arcoíris para la comunidad LGBT, los sombreros pussyhats en las propuestas feministas anti-Trump, los chalecos amarillos para los franceses, los hoodies negros en las protestas contra el abuso policial y muchos, muchos más, son los momentos de la historia en los que se han utilizado prendas de ropa como mensajes de protesta. Inclusive los diseñadores han utilizado muchas veces sus escenarios para transmitir declaraciones. Por ejemplo el mexicano Raúl Solis, quien en múltiples ocasiones ha colocado frases en contra de las políticas anti-inmigrantes en sus diseños, o Stella MCartney, que ha usado su plataforma para declarar la importancia de los derechos de los animales, o simplemente Vivienne Westwood, el ícono del punk que ha protestado innumerables veces por diversas causas políticas y sociales.

Más allá de lo visual, las prácticas de consumo también son protesta y expresan disformidad o apoyo a una causa. Pero hay una delgada línea que quiero que analicemos, en la que la legitimidad de la moda como medio de protesta deja de ser auténtica. Cuando las personas usan prendas como herramienta de expresión, no pretenden hacer una declaración de moda. Los llevan como símbolos para representar su mensaje de una forma orgánica, honesta. Lo que sucede seguido es que las corporaciones y las marcas, reproducen esas prendas para lucrar, dando una imagen de lo que ellos también dicen querer representar, sin necesariamente actuar más allá. Un movimiento de protesta se convierte fácilmente en no más que una estética, diluyendo el mensaje y perdiendo todo significado.

Las marcas se han dado cuenta de que es igual de efectivo hacer parecer que se comprometieron con un cambio, que verdaderamente comprometiéndose con él. Y esto no solo lo hacen las marcas, también nosotros podemos llegar a caer en la falacia de enfocarnos más en lucir como si estuviéramos haciendo el bien, que realmente haciendo el bien. No sirve de nada sacar una blusa con un slogan feminista si las mujeres que trabajan contigo viven condiciones laborales deplorables, o usar un vestido negro en contra del acoso sexual cuando colaboras con personas acusadas de violación. 

La moda tiene la capacidad de difundir mensajes muy poderosos, pero puede rápidamente convertirse en vacía. Tenemos que asegurarnos de que la moda funcione como arma, no como máscara. Para eso, hay que asegurarnos de entender cuáles son sus méritos pero también sus limitaciones. La moda tiene el poder de servirnos como aliada en la difusión de un mensaje, sí, pero este debe ser solo el comienzo.


Fashion as a symbol of protest

A protest is a political statement, a way of expressing an opinion that challenges the system. They cover all facets of society and are sometimes the only way in which a sector of the population can make itself heard. The clothes we wear, on the other hand, carry meanings, conscious or unconscious, and make up statements as to who we are and what we want to represent. Worn and read correctly, they have the power to convey ideas and empower messages. Clothes can speak as loud as words.

History is proof of how organizations and activists have always used clothing as a tool for expression in socio-political movements. Uniforms distinguish which side a soldier is on, just as the elements, colors, and styles that we all choose to wear (or not) serve to show the values ​​we align ourselves with.

Examples are many; from the French Incroyables et Merveilleuses who dressed to provoke the first French republic, to the first American suffragists who dressed in purple and white, to the use of the symbol of peace & love in the 60s, to the beret, associated to Marxism and as part of the Black Panther Party uniform, or iconic moments like when Katharine Hamnett wore a T-shirt with a statement against thermonuclear war when she met Margaret Thatcher.

The rainbow for the LGBT community, the pussyhats hats in the anti-Trump feminist marchs, the yellow vests for the French, the black hoodies in the protests against police abuse and many, many more are the moments in history in which clothing items have been used as protest messages. Even designers have used their scenarios many times to convey statements. For example, the Mexican designer Raúl Solis, who on multiple occasions has placed phrases against anti-immigrant policies in his designs, or Stella MCartney, who has used her platform to declare the importance of animal rights, or Vivienne Westwood, the punk icon who has protested countless times for various political and social causes.

Beyond the visual, consumer practices are also a form of protest, and express disagreement or support for a cause. But there is a fine line that I want us to analyze, in which the legitimacy of fashion as a means of protest is no longer authentic. When people use garments as a tool of expression, they are not trying to make a fashion statement. They wear them as symbols to represent their message in an organic, honest way. What happens often is that corporations and brands reproduce these garments for profit, giving an image of what they say they want to represent, without necessarily acting beyond that. A protest movement easily becomes no more than an aesthetic, diluting the message and losing all meaning.

Brands have found that it is just as effective to make it seem like they committed to change, instead of actually committing to it. And this is not only done by brands, we can also fall into the fallacy of focusing more on looking like we are doing good, than actually doing good. There is no point in launching a T-shirt with a feminist slogan if the women who work with you live in deplorable working conditions, or in wearing a black dress against sexual harassment when collaborating with people accused of rape.

Fashion has the ability to spread very powerful messages, but it can quickly become empty. We have to make sure that fashion works as a weapon, not as a mask. For that, we must make sure we understand its merits but also its limitations. Fashion has the power to serve as an ally in spreading a message, yes, but this should only be the beginning.

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